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viernes, 14 de mayo de 2010

COMENTARIOS SOBRE EL AMOR Y LA RELACIÓN HUMANA.- A. Blay

Un extracto de un texto de Antonio Blay que me parece maravilloso... buena lectura!!

Fran

El amor en sí mismo

Amor es un nombre demasiado genérico al que pueden darse (y se dan) muchas interpretaciones. Generalmente cubre todo lo que son manifestaciones de un sentimiento benévolo, de un sentimiento de afecto, de un sentimiento y de una voluntad al bien en relación con otra persona o en relación con todo lo que existe. O sea, normalmente, el amor se refiere a un modo de relación. Pero yo diría que el amor en su sentido más genuino no es esto. Yo diría que este modo de relación es la consecuencia del amor. Yo diría que el amor de algún modo es algo inherente, intrínseco, a nuestra realidad más profunda, más íntima, y sólo cuando esta realidad íntima, profunda, de uno mismo se abre paso, entonces es cuando se manifiesta en esta relación que llamamos amor. Pero si no existe esta movilización o actualización de este núcleo central, entonces nada podrá hacer que mi modo de actuar sea realmente amor, aunque lo imite.

El amor es la conciencia de unidad, conciencia de unidad en mi interior conmigo mismo, cuando yo en mi interior tengo una conciencia simple y única que lo incluye todo. Pero a la vez es conciencia de unidad en relación con todo, porque de Unidad sólo hay una. Esta conciencia del Ser que en sí lo contiene todo, que en sí se expresa a través de todo, que en sí lo reúne todo, es esa plenitud de Ser, es esa conciencia subjetiva del Ser, que luego se manifestará exteriormente con esa constante tendencia a relacionar, a unificar, a hacer semejante todo lo que es diferente, a aproximar todo lo que es distante. Pero esa relación es sólo una consecuencia.

El amor es la conciencia subjetiva de Ser. No esta noción subjetiva de ser muy inteligente, muy intelectual, sino cuando la conciencia puede estar centrada en ese núcleo central de Ser. Cuando la conciencia deja de estar ausente de su centro; cuando deja de intentar vivir lo exterior en sustitución de ese centro.

El amor es lo que intuimos nosotros como el estado perfecto, como la realización subjetiva perfecta, óptima. En este sentido, Amor es igual a gozo, alegría, belleza, armonía, felicidad, plenitud. Y esta es nuestra naturaleza intrínseca profunda; así ¿qué es lo que nos impide vivir, ser eso que realmente somos, realizar eso que somos? Yo diría que hay tres factores que son los que aparentemente tienen la responsabilidad de que no vivamos esa plenitud que es nuestra propia naturaleza.

Factores contrarios a la vivencia del amor

1. Falta de crecimiento.

Esta carencia ocupa el primer lugar. Lo que significa que como nuestra conciencia se va desarrollando a medida que nosotros vamos ejercitándola a través de nuestra facultades y de nuestras funciones en las experiencias del vivir, en la medida que esta vida que vivimos es pobre, es limitada y está por debajo de nuestras posibilidades (muy por debajo de nuestras demandas), entonces no se puede llegar a vivir una plenitud -la plenitud posible en el momento-, porque no hemos potenciado, no hemos actualizado, nuestra capacidad de vivir, de ser conscientes (la que realmente tenemos en este momento); es decir, es una vida pobre, falta de desarrollo.

Los otros factores también son muy importantes porque de un modo u otro nos afectan a todos. Son el temor y el odio, porque son las dos formas que se contraponen al amor.

2. El temor

Este es siempre la consecuencia de un insuficiente desarrollo del amor; allí donde hay amor no hay temor. En la medida en que hay temor no hay sitio para el amor, en esa misma medida. La persona que se lamenta de tener miedos, que se da cuenta de los miedos que tiene (aunque nos cuesta mucho darnos cuenta de todos los miedos que tenemos), ha de saber que esos miedos son una expresión directa de una falta de amor, en aquellas formas o desde aquellas formas que señalan los miedos. La persona puede amar mucho en otros momentos, a través de otros sectores de la personalidad; pero allí en aquellas zonas interiores o en relación a los aspectos de la vida donde uno siente temor, que sepa que es porque allí no hay suficiente amor, no se ha ejercitado activamente el amor en aquella dirección. El amor, ejercitado, desarrollado, elimina totalmente el temor. Ya se ve que en este sentido el amor ha de tener una característica de fuerza, de potencia. No hemos de confundir el amor sólo en el aspecto sentimental, la cual es una faceta expresiva del amor. El amor tiene un sentido de plenitud, de afirmación total; y esto implica una gran concentración subjetiva de energía.

3. El odio.

Este es el otro aspecto que se opone al amor. Quizá sorprenda la palabra odio, que es fuerte, porque muchas personas dirán que no sienten odio, que no tienen odio contra nadie, al contrario; pero es que el odio es algo muy particular que sabe esconderse y adoptar muchas formas que lo hacen irreconocible muchas veces.

¿Qué es el odio? El odio es un amor que se cierra en una fórmula mental muy pequeña, egocentrada, y que tiende a convertir algo del individuo en absoluto; y por lo tanto, que tiende a excluir a todo el resto. O sea, no existe una polaridad amor-odio en un sentido profundo, en un sentido último; en un sentido último sólo existe el amor. Pero en un sentido operativo en nuestra conciencia, en un sentido de manifestación en nuestro campo completo de experiencia, el amor puede adoptar la forma de odio cuando se centra en una unidad muy pequeña y excluye, rechaza activamente, todo lo demás.

Quizá alguien seguirá pensando «yo no tengo este rechazo activo para todo lo demás». Pero es necesario saber que una de las formas más frecuentes del odio se manifiesta como un sentimiento de culpabilidad. Cuando nosotros hacemos algo que nuestra conciencia nos dice que está mal hecho, se produce automáticamente un rechazo de uno mismo, una oposición contra uno mismo, un menosprecio..., además del dolor que pueda producir una transición hacia un propósito de cambio, etc. etc. Aquí lo interesante es ver esta reacción. Siempre que hemos hecho algo que está mal, eso produce en nosotros una autocrítica negativa, un rechazo de nosotros mismos. ¿Por qué me rechazo a mí mismo? No es que rechace aquello «malo», pues si yo rechazara aquello «malo» se acabaría el problema y no se produciría ninguna consecuencia negativa. El problema es que me rechazo yo.

El rechazo a uno mismo

¿Por qué me rechazo yo? Porque tiendo a vivir constantemente una idea de mi propio valor. Yo me estoy juzgando y valorando constantemente. Y este juicio y valoración que hago de mí, es en la mente que la hago; es la idea de mí. Esta idea de mí tiene una configuración determinada y tiende hacia un modo ideal que yo quiero llegar a ser, lo cual es otra idea. Entonces, cada vez que en mi experiencia se produce algo que se opone a ese yo ideal al que tiendo, al que deseo llegar, se produce entonces un rechazo, una protesta contra mí mismo por ir en contra de esta imagen. Es como si yo me valorara y me afirmara en la medida en que me veo acercarme a este yo ideal. Pero yo me critico y me menosprecio en la medida en que yo me alejo de él. Esto produce entonces un grado de odio, un grado posiblemente leve, pero que es odio; o sea, que lleva un signo totalmente negativo.

Hay algo de mí que yo quiero excluir, que quiero negar, y ese algo que quiero negar no es el defecto, sino la idea global de mí con el defecto. Y por esto, me rechazo a mí, por esto me deprimo, por esto tengo una baja en todo lo que es ánimo, en todo lo que es actitud abierta, activa, sintónica. Todo yo desciendo en mi capacidad de vivir, de comprender, de amar; se produce un descenso, un replegamiento. Es como si realmente yo fuera menos, porque yo me vivo como menos a causa de que me juzgo como menos. Por lo tanto, es el yo que está implicado, no un defecto, no un rasgo, no un error, es todo el yo que queda juzgado, del mismo modo que es todo el yo que queda aplaudido cuando surge algo en mí que va a favor de esta afirmación que busco. O sea que estamos viviendo las situaciones no tal como son sino que las estamos viviendo estando en juego el personaje, en función del personaje que queremos llegar a ser.

Así, es el rechazo de este personaje el que genera este grado de odio, y cuando se retiene dentro se convierte en un sentimiento de culpabilidad: «yo valgo menos, luego yo no merezco lo más»; de este modo, yo no puedo tener acceso a lo bueno en la medida en que yo me valoro y me siento como malo. Y es totalmente imposible que yo pueda llegar a vivir algo plenamente positivo mientras mantenga dentro de mí el menor grado de sentimiento de culpabilidad, porque yo mismo me estoy castigando, es mi propia mente que me impide aceptar nada que tenga un carácter totalmente positivo.

Si nosotros conseguimos eliminar el miedo y el odio, entonces el vivir el amor es algo completamente natural, inevitable. ¿Cómo se elimina este sentimiento de culpabilidad? Del mismo modo que se elimina el sentimiento de inferioridad. Hemos dicho que el temor (y el sentimiento de inferioridad es un modo de temor) se elimina cuando podemos amar en aquellas situaciones exteriores (o zonas interiores) en donde nosotros sentimos el temor. Respecto a la culpabilidad es exactamente igual: que yo sea capaz de perdonarme a mí mismo.

Eso significa que el amor ha de superar al juicio de negación, que yo no he de mantener en alto este criterio de justicia inflexible que me he impuesto sino que permita que el amor sea más fuerte, más importante, que este rigor en este juicio personal. Cuando yo consigo amar más que juzgar, entonces desaparece totalmente el sentido de culpabilidad. Hay que amarse a sí mismo, no sólo amar a los demás, porque esta es una de las características del sentimiento de culpabilidad: pretender amar mucho a los demás, (porque uno se ama poco a sí mismo, o eso es lo que cree); se intenta compensar este sentimiento negativo de sí tratando de ser mejor para con los demás. Este es un juego que no se acaba nunca, porque la fórmula es incorrecta. Si el juicio lo hago sobre mí es este juicio que yo he de poder invalidar con una ley superior a la de la justicia rigurosa, y esta ley superior es la ley del amor, del amor, generosamente, para sí mismo.

No hay nada que justifique que nosotros vivamos negativamente, que nos sintamos negativamente. El amor es la plena presencia de mí, afectiva, ante toda situación. Y esto podemos tratar de hacerlo.

La relación humana

El punto más importante, el punto capital en la relación humana, es éste:

Cuando yo vivo en el mundo de las circunstancias, cuando yo trato con alguien, ¿espero algo de ese alguien, me apoyo en lo que voy a conseguir de esta persona? Es decir ¿establezco una relación dependiendo del objeto, o mi relación se apoya en el sujeto? En la medida en que yo vea lo otro como importante para mí, yo estaré dependiendo de lo otro: que una persona me entienda, que me acepte, que un asunto me salga muy bien, o algo parecido. Entonces yo quedo supeditado al objeto, y ya no vivo mi realidad sino que vivo la realidad de lo otro. Y condiciono mi realidad, mi felicidad, mi satisfacción, a la incidencia que ocurra en relación con lo otro (o con el otro). Y esto, de entrada, es una posición errónea. Yo he de vivir siempre, en todo momento, lo que Soy; y desde ahí vivir abierto a todo lo demás. No es que yo me quede encerrado en esto que soy, sino que desde ahí, yo quede totalmente disponible, abierto, para crecer en la conciencia de lo otro.

Yo y el otro

El otro es otra dimensión de mi conciencia, cuando yo me abro al otro y trato de comprenderlo, entenderlo, aceptarlo. Pero sólo cuando yo estoy instalado en la conciencia que es mi Yo real podré abrirme al otro, a mi otra conciencia, sin alterar, sin renunciar para nada a lo que yo soy. Será una expansión de conciencia, no una supeditación de conciencia. Por esto yo aconsejo tanto que se desarrolle esta base de sujeto, de conciencia que yo vivo como mía. Todo lo que yo percibo, conozco, valoro, son dimensiones de mi conciencia; pero para ordenar y unificar todos los contenidos de mi conciencia debe haber un sentido de organización, un valor jerárquico, y el valor jerárquico, de momento de un modo inmediato, soy yo, como centro de todos los demás sectores.

Cuando yo vivo mi relación con otra persona desde la plenitud de mi conciencia propia, entonces se trata de un enriquecimiento que hago de mí mismo, nunca habrá un litigio, nunca habrá conflicto, porque sé que el otro no constituirá un peligro. Cuando vivo centrado, el otro nunca es peligro, siempre es oportunidad. No es peligro porque no puede quitarme nada de lo que soy, no puede lesionarme nada de lo que es mi naturaleza esencial. En cambio siempre es oportunidad porque es un medio de expansión de mi conciencia existencial. Cuando yo puedo comprender y aceptar al otro, yo vivo en el otro, siendo el otro. Yo me realizo existencialmente expandiendo mi conciencia de ser, que incluye al otro. No al otro como objeto, sino al otro desde sí mismo, al otro como expansión de mi conciencia de sujeto. El otro es otro modo de ser de mí mismo. Cuanto más yo miro dentro de las personas, más descubro que somos iguales. Las diferencias solamente son periféricas; cuanto más adentro voy, mayor igualdad... hasta llegar a una total identidad... en el centro.

El Centro inclusivo

Cuando yo vivo mi centro es cuando descubro el centro de los demás. Cuando yo vivo mi conciencia profunda es cuando descubro mi parentesco con los demás. Cuando yo vivo sólo lo externo es cuando vivo lo que me separa totalmente de los demás. Por lo tanto, el lugar desde dónde yo vivo es lo que señala mi capacidad de vivir. Si vivo lo periférico el otro será para mí un ser distinto, el cual podrá ayudarme o oponérseme, pero siempre como un ser diferente. Cuando yo vivo desde mi conciencia interna el otro es alguien que resuena como yo, que tiene unos modos muy semejantes a mí, que tiene el mismo argumento básico de existencia y que participa de lo que yo vivo -y yo de lo que él vive-, me dé cuenta o no. Y cuando llego más al centro descubro que hay una profunda identidad de sujeto último.

Esta profunda identidad de sujeto último no la realizo como identidad de mí, sino como realidad e identidad última del Ser. Podríamos decir que descubro que él y yo somos uno; que es lo mismo que descubrir que él y yo somos en Dios. Somos uno en el Centro de los centros, en el Centro Supremo que llamamos Dios.

Cuando yo soy capaz de estar atento a mí y al otro, descubro este nuevo centro, que no es ni yo ni el otro; este nuevo centro es el centro de mi centro, y a la vez es el centro del otro centro. O sea que yo descubro mi identidad última, central, con el otro, a través de mi vivencia de la presencia, central, de Dios.

Todo esto es experiencia, todo esto es posible; si lo trabajáis podréis llegar a ello. No se trata de ideas que he de aceptar porque me gustan, sino que son para experimentarlas. No se trata de pensar: «dentro del otro está Dios y he de esforzarme en creerlo»; no se trata de esto. Se trata de que yo viva mi conciencia de ser, que descubra lo que hay detrás de eso, y entonces que trate de vivir lo que hay detrás en el otro. Y veré que me es imposible vivir simultáneamente el estar detrás mío y el estar detrás en el otro, si no voy a un punto detrás y encima de todo. A un punto que une absolutamente todas las cosas. De ahí el sentido tan profundo de esta frase misteriosa que encontramos en el evangelio, que dice: «Cuando dos o más estuvierais reunidos en mi nombre allí en medio estoy yo».

O sea que cuando alguien tiene que estar con otras personas y se sitúa en lo que ocurre (por encima), no en yo, no en él, sino en lo que ocurre, entonces descubrirá una conciencia más allá de su conciencia personal. Esta conciencia es lo único que centra todos los centros, es la Conciencia Superior, el Ser Supremo. De ahí que el estar presentes, muy profundamente presentes a la situación individual y de grupo, es un medio poderosísimo para el desarrollo de la intuición y para el crecimiento de la conciencia espiritual.

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