¿Quien eres tú?

Un espacio para crecer y compartir...

martes, 14 de octubre de 2008

¿Quién soy?

¡Que curiosa resulta a veces la experiencia de vivir abierto a nuevas posibilidades!. Lo digo porque desde que inicié mi proceso personal, no suelo descansar en la búsqueda de textos y escritos que me inspiren de forma especial, y es en esa búsqueda en la que muchas veces siento la "sincronicidad" en lo que me pasa en la vida.

¿Y a que me refiero cuando digo “especial”?. Pues básicamente que tal como los leo, de repente “algo” resuena con gran fuerza en mi interior, y en ese instante tomo conciencia de mi mismo y de lo que me rodea con gran intensidad, permitiéndome sentir un nivel de presencia muy elevado y gratificante.

¿Y a que me refiero cuando digo "sincronicidad"?. Pues que como dicen, no existen las casualidades, sino las "causalidades", es decir, las cosas pasan cuando deben pasar y en los momentos adecuados.

Estos dias que estoy preparando el próximo Taller que voy a impartir el mes que viene, andaba buscando contenidos para remodelar una de las charlas que forman parte de su estructura, y puesto que el Taller se llama “¿Quién eres tú?”, me ha hecho gracia encontrar un artículo de Maria Pinar Merino, responsable de la sección Crecimiento personal de la revista on line “Discovery Salud. (he añadido el enlace en el blog porque es realmente interesante), que se llama así, tal cual: ¿Quién soy?. Y mi sorpresa ha sido mayúscula al leerlo y sentir una vez más esa sensación, esa conexión y esa comunión total con sus palabras.

Generalmente, en la mayoria de los casos, coincide un hecho que para mi siempre ha sido revelador: la verdad es muy simple…a veces me parece incluso demasiado simple. Tengo claro que la naturaleza humana tiende a rebuscar y complicar lo obvio ya que parece que nos cuesta creer que las cosas puedan ser fáciles, sin problemas; sin embargo, y el caso del maestro Eckhart Tolle asi lo corrobora, si observas atentamente te daras cuenta de que al fin y al cabo todo apunta en la misma dirección.

Quiero decir que para mi, no es necesario andar buscando las respuestas a nuestras dudas existenciales en complicados libros, dedicando años y años porque no somos capaces de creer que en realidad es mucho más simple. Para mi, es cuestión de sentir que la verdad y lo auténtico ya lo tienes, que forma parte de ti, y que siempre ha sido así. Lo que relamente importa es encontrar la manera de verlo, de conectarte con tu más profunda esencia y desde ahí, comprender que no hay nada que buscar, que ya has llegado.

En fin, como siempre digo: respira y siente, y disfruta en silencio de este artículo que nos regala claras indicaciones de quien somos y cómo reconocernos desde la esencia y totalidad de la que tomos somos una parte y el todo.
Hasta la próxima!!


¿QUIÉN SOY?
María Pinar Merino

Esa es la gran incógnita a la que nos enfrentamos todos los seres humanos cuando tenemos el primer atisbo de consciencia. ¿Soy mi cuerpo físico?, ¿soy mi mente?, ¿mis pensamientos?, ¿mis emociones?, ¿mis logros? ¿Soy lo que esperan de mí mis seres más cercanos? ¿Soy lo que los demás piensan sobre mí? ¿Soy algo más aparte de la función que desempeño en la vida (madre, esposo, médico, abogado, hija...)? Pues bien, sería bueno intentar responder a tan crucial pregunta -¿quién soy?- recorriendo la distancia que va desde la capa más externa, más visible de nuestra personalidad, hasta intentar llegar a la parte más profunda de ella, esa de la que normalmente no somos conscientes.
No olvidemos que el camino de la consciencia es un camino difícil de recorrer, con muchas bifurcaciones que constantemente nos invitan a perdernos.

Dice la filosofía perenne que no hay evolución sin consciencia de ella, a la vez que nos recuerda la importancia de dar bien los pasos para no tener que volver a repetirlos, de cerrar bien cada etapa de nuestra vida a fin de no arrastrar cosas del pasado, lastres o anclajes que nos impidan movernos en el presente e, incluso, hacer planes de futuro. Por su parte, la nueva Psicología define la personalidad externa o psique como el conjunto de estructuras neuronales que integran los hábitos de comportamiento del individuo frente al medio que le rodea. Dicho de otra forma, la personalidad externa sería la suma de los actos externos y la forma de pensar de un individuo dentro de su hábitat. Personalidad que estaría impresa en las neuronas, que son las que delimitan la actuación de la persona frente al medio en un constante proceso estímulo-respuesta.
La personalidad externa es pues siempre individual aunque, lógicamente, dentro de un amplio colectivo muchos estímulos obtienen la misma respuesta. Y es que el tipo de cultura o sociedad imprime un cierto carácter en todos sus integrantes que se manifiesta en respuestas similares ante estímulos idénticos.

Nuestros hábitos de comportamiento adquiridos tienen distintas raíces: unos son heredados (provienen de nuestros antepasados y de la memoria genética de la especie en evolución a la que pertenecemos) mientras otros son fruto de nuestra vivencia personal y están tremendamente arraigados, siendo esa parte innata de cada ser humano que no tiene relación aparente con su historia personal ni con la de la cultura a la que pertenece. Podríamos encuadrar estos últimos “hábitos” en la zona de lo transcendente.

Este segundo bloque conforma una serie de facetas poco visibles en público pero muy claramente manifestadas en la intimidad y suele contener hábitos positivos que imprimen el carácter “subliminal” del individuo.


LA FORMACIÓN DE LA PERSONALIDAD

Pero comencemos por el principio. Es obvio que cuando un ser humano nace está sometido a todo tipo de influencias que conforman su personalidad: familiares, ambientales, afectivas, educacionales, económicas, de supervivencia, etc. Siendo precisamente esas influencias a las que se ve sometido las que le hacen manifestar distintas “subpersonalidades” o “yoes”. Muchas veces, esas personalidades toman forma de arquetipos que surgen cuando nuestra mente lo cree necesario. Así, por ejemplo, una persona tremendamente tímida puede, en determinadas circunstancias, mostrar una personalidad fuerte y reivindicativa ante lo que considera una injusticia. Ese “personaje” del guerrero que aparece para solventar una determinada situación es una faceta de su personalidad que no está bien integrada y surge como un “yo” distinto. Otro ejemplo: alguien acostumbrado a tomar decisiones y a ejercer el poder puede verse en un momento determinado actuando como un niño indefenso, un pobre de mí que necesita ayuda. A veces, esas subpersonalidades corresponden a aquellas facetas de nuestra personalidad que forman parte de lo que Jung identificó como la sombra, es decir, todos aquellos aspectos no aceptados por cuestiones sociales o de creencias y que se camuflan como si correspondieran a actitudes y comportamientos de otro ser ajeno a nosotros. Otras veces son auténticos escudos que utiliza la persona como mecanismos de defensa por miedo e inseguridad. En ocasiones son personajes que simbolizan los ideales, la sobrevaloración, la sublimación de alguna faceta positiva.

El problema es que estos arquetipos salen a escena sin que -la mayoría de las veces- la persona sea consciente de ello. El camino del crecimiento personal lleva consigo el reconocimiento de todos esos “personajes” que forman parte de nosotros transmutándoles para que podamos integrarlos en nuestra personalidad, que debe ser una y única. Para explicar la relación entre la parte consciente y la inconsciente de nuestro comportamiento, los psicólogos utilizan el ejemplo de un iceberg. Según parece, nuestro comportamiento consciente correspondería apenas a un 10% del total de nuestra personalidad. Esa sería la parte visible, la que emerge de la superficie del agua. El resto, un 90%, estaría dentro de la parte inconsciente. Es decir, la zona sumergida del bloque de hielo. Estaría formada por los hábitos de conducta mecánica, los comportamientos estandarizados por convencionalismos sociales, la escala de valores asumida, la educación recibida, el sistema de creencias adoptado, las experiencias asimiladas anteriormente; en definitiva, la parte no consciente.

Antiguamente las terapias psicológicas trabajaban sobre ese 10% con lo que los resultados eran muy pobres y sobre todo muy lentos. Luego, a partir de los años sesenta, con el nacimiento de la psicología humanista, la bioenergética, la Gestalt, la psicología de Jung, la Psicosíntesis de R. Assagioli y, finalmente, la Psicología Tanspersonal, todo dio un gran vuelco y se comenzó a actuar sobre el 90%. El descubrimiento de que la consciencia del ser humano podía abarcar distintos estados además del de vigilia y sueño -los dos únicos que reconocía la Psicología tradicional- fue la puerta que dio entrada a las nuevas terapias.


¿CÓMO SE MANIFIESTA LA PERSONALIDAD EXTERNA?

Podríamos decir que se manifiesta en tres grandes zonas:

Zona externa consciente:
Es una zona claramente identificada por la persona y también por cuantos la rodean. Ahí podríamos incluir la actividad que desarrollamos, los propósitos que tenemos, cómo nos organizamos para llevarlos a cabo, etc.
Zona externa inconsciente:
Esta zona es visible para los demás pero la mayoría de las veces la propia persona no es capaz de reparar en ella. Es donde se refleja el modo personal de hacer las cosas, cómo nos movemos, dónde nos colocamos, a qué le damos prioridad en nuestra actividad cotidiana...
Zona interna:
Ni los demás ni la persona suelen verla. Es donde estaría reflejada la filosofía profunda que alienta nuestro comportamiento.

Así pues, hay aspectos de nosotros mismos que son muy obvios para los que nos rodean pero pasan desapercibidos para nosotros porque en nuestra mente hemos forjado una idea de cómo somos -es lo que llamamos ego- siendo incapaces de observar aquellos aspectos que no están incorporados en esa idea que tenemos sobre nosotros mismos. Es muy importante ser conscientes de esto para poder dar entrada a los demás en nuestra vida y practicar así lo que se llama “labor de espejo”. Es decir, aquellas personas que forman parte de nuestro círculo cercano: familia, amigos, compañeros de trabajo, etc., -todos con los que mantenemos vínculos afectivos- van a devolvernos el reflejo de nuestra manifestación y es muy interesante recibir ese “feedback” o retroalimentación para conocernos un poco mejor. Amamos en los otros aquello que tenemos incorporado en nuestra personalidad y por eso lo “reconocemos” en el otro. Rechazamos de los demás aquello que aún tenemos por solucionar. La intensidad de nuestras reacciones de aceptación o rechazo está en relación directa con lo integrado o no que tengamos ese aspecto en nuestra personalidad.

Una buena labor de espejo, realizada con sinceridad e intención positiva, es mucho mejor herramienta de aprendizaje que los modelos repetitivos de la vieja psicología. La vida se ha convertido en la verdadera pista de pruebas y los “laboratorios” sólo sirven para los experimentos con cobayas. Son las personas que nos rodean y el ambiente en que nos desenvolvemos los verdaderos artífices de nuestro crecimiento personal, de ese camino de conocimiento que nos proveerá de la fuerza necesaria para saber coordinar el impulso que surge del interior con lo que vivimos en lo cotidiano.

Si son ciertos los estudios sociológicos que presentan las revistas especializadas es muy probable que la humanidad esté perdiendo, por falta de uso, muchas de sus capacidades innatas. El estrés, la falta de tiempo, la vorágine de vida, el hacer mucho en poco tiempo, el exceso de contenidos, la presión -no sólo a nivel profesional sino también social- y las dificultades de relación en general hacen que cada vez tengamos menos ocasiones para dejar fluir nuestra verdadera personalidad, la interna, esa que está oculta por capas y capas como si de una cebolla se tratara. Por eso se ha puesto de moda asistir a cursillos de comunicación para recuperar el hábito de hablar con los que tenemos cerca; de convivencia para darnos cuenta de lo que significa compartir; de expresión corporal para vencer los bloqueos y las resistencias que se forman en nuestro cuerpo por la rigidez de nuestros planteamientos; otros, para aprender a relacionarnos de forma oportuna en cada situación o para actuar de forma que tengamos garantizados unos resultados predeterminados. Tambien hay cursillos para enseñarnos a hablar en los distintos ambientes o para aprender a reír... Ante una reflexión parecida, Osso se pregunta: ¿Os imagináis si los pájaros esperaran a ser adiestrados para ponerse a cantar?

Hemos llegado a creer, erróneamente, que el proceso de aprender consiste en acumular conocimientos y nos hemos olvidado de que el verdadero saber surge cuando los estímulos externos despiertan lo que hay en el interior. Es posible que en este viaje que ha emprendido la humanidad para reconocer y crear el mundo esté llegando el momento de volver hacia una vida más natural, aunque eso sí, sin despreciar todo el bagaje de experiencias y conocimiento que hemos acumulado durante el trayecto de ida. Porque cada día se hace más necesario soltar lo que ha estado retenido por creencias limitativas. Creencias que se han conformado gracias a la instrucción que hemos recibido sobre cómo andar, cómo hablar, qué decir, cuándo decir, qué vestir, qué pensar y qué sentir; y eso provoca frustración e infelicidad.

¿Cómo luchar contra esa tendencia? Las nuevas corrientes psicológicas nos hablan de recuperar la inocencia de los niños, de recuperar la espontaneidad intentando que las cosas surjan de dentro, que nuestras palabras describan lo que pensamos y sentimos, que nuestro cuerpo las acompañe con sus gestos de forma natural, que las pausas o los silencios no correspondan a técnicas aprendidas sino al propio fluir porque todo el mundo tiene experiencias de que si “se cuenta a sí mismo”, es decir, describe su propia experiencia, se produce un fenómeno de comunicación. La aceptación de los demás sólo es posible cuando se da la aceptación propia y para ello es necesario conocerse.

La clave de la salud y la felicidad está en la armonización de todos los aspectos de la manifestación del ser humano: físico, energético, emocional, mental y espiritual. Todos estos aspectos están interactuando constantemente unos sobre otros. Cada uno de ellos vibraría en diferentes octavas pero pueden mantener una correspondencia armónica que nos permita componer una bella sinfonía que un día podremos interpretar.

María Pinar Merino

Texto extraido de la web: http://www.dsalud.com/crecimiento_personal.htm

No hay comentarios: