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miércoles, 1 de octubre de 2008

El deseo: una emoción que puede abrir o cerrar la puerta en el camino de la expansión...

Hola otra vez

Hoy quiero reflexionar sobre una de las emociones que dependiendo de como la interpretemos o percibamos, puede generar dos resultados totlamente opuestos en nuestras vidas: el deseo.

Como sabeis, uno de mis principales referentes en el camino para la expansión de la conciencia es Eckhart Tolle, y precisamente dirige su atención a esta emoción, junto con el miedo, para definir las estrategias de las que se sirve el ego para sobrevivir y tomar el mando en nuestras vidas.

El maestro Tolle nos dice que el ego, como ente que nos posee a todos de un modo u otro, y con el que mayoritariamente nos identificamos creyendo que somos "eso", se alimenta de deseo y miedo para pasar por alto el momento presente, trayendo constantemente imágenes e ideas del pasado para proyectar promesas de salvación en el futuro.

Como ya sabeis, ni pasado ni futuro existen, sólo existe el ahora, el eterno espacio en el que todo ocurre; de manera que vivir identificado con el ego es vivir en la fantasía, impidiendo conectarnos con nuestra autenticidad, y nos perdemos en el mundo de las formas, nos perdemos ante la vida...

Por ello, creo que es interesante este extracto del maestro Antoni Blay, de su libro "Conciencia, Existencia y Realización" (Lecciones y diálogos) de 1995.

En él, vemos una visión clara de como utilizar adecuadamente esta emoción para que ejerza el poder real que tiene sobre nustras vidas, dirigiendo nuestra existencia hacia un estado de plenitud y grandeza...hacia el estado natural de todos los seres humanos...hacia el "despertar".

Espero que os guste, GRACIAS!

Fran


"EL DESEO"

El deseo, proyección dinámica

En otras ocasiones he hablado de la necesidad de encarar los deseos, de hacer algo con ellos, de vivirlos. Hoy ampliaremos este tema.

El deseo es siempre una proyección. Por eso, cuando digo que actuemos de acuerdo con el deseo es para que el deseo deje de ser deseo y se convierta en algo presente, actual. El problema del deseo es que se mantenga como deseo. Es lo mismo que el temor. El problema del temor no es tenerlo; es mantenerlo. Si yo puedo traer el temor aquí, ahora, lo despacharé, se resolverá, se disolverá. Lo mismo que el deseo. Si yo puedo traer el deseo aquí y puedo hacer algo con él, ahora, este deseo dejará de ser deseo para convertirse en acción, en experiencia actual, en presente. En cambio, mientras se mantenga como deseo (o como temor), estoy en una zona intermedia que me aísla del centro y también del exterior. Y por eso, cuanto más deseo menos hago; y a la vez cuanto más deseo menos soy. Porque tanto el deseo como el temor están en una capa intermedia; están entre lo que es el centro y lo que es el mundo dinámico de la realidad exterior. Por eso resulta perjudicial quedarse en esa zona puramente mental.

El deseo requiere acción. Podemos tener muchos deseos, pero a condición de vivirlos inmediatamente; de actuar ahora, viviéndolos en el presente. Y si el deseo se refiere a una aspiración de tipo interno, que yo viva también este deseo, ahora. No que lo mantenga como algo al margen de mi presente.

Cuanto más incorporemos nuestro deseo en el presente, menos necesidad tendremos de metas. Las metas se alimentan siempre del deseo sostenido o del temor sostenido. Es la inseguridad en el presente que nos hace proyectar la seguridad en el futuro. Cuanto más uno pueda vivir su seguridad, su capacidad, aquí y ahora, menos necesitará un objetivo, una meta.

Mientras más uno se esfuerza para vivir todo su presente, estará trabajando al cien por cien en la posibilidad de su realización. En cambio, cuando no está trabajando al cien por cien en el ahora de este deseo pero lo está manteniendo dentro, está hinchando su idea de futuro y a la vez lo está alejando más.

También existen temores y deseos que presionan desde nuestro inconsciente. Mas, al vivir el presente, los temores o los deseos ocultos van apareciendo delante de nuestra nariz. Entonces podremos hacer algo con ellos. Cuando al vivir se nos presenta algo concreto, entonces podemos hacer algo. Con lo que no se puede hacer nada es con lo que suponemos. Porque lo que suponemos no es nunca un problema con existencia real ya que es un problema fabricado en la mente.

Al tratar de vivir más y más en presente, irán apareciendo sucesivas capas de presente, que están dentro. Entonces es cuando podremos trabajar con ellas. Está claro que para eso hace falta querer vivir el presente, querer vivir la realidad, querer ser sincero; porque si no hay esta demanda, no tiene sentido el hablar del trabajo sobre sí mismo.


El deseo, promesa de crecimiento

Pero eso que hablamos del deseo como proyección de futuro, podemos verlo también desde otro ángulo distinto.

El deseo es el lenguaje por el cual se anuncia nuestro crecimiento. Todo crecimiento, todo desarrollo, se anuncia previamente a través del deseo. El niño pequeño que necesita moverse, que necesita gesticular, tocar las cosas, que necesita tratar de incorporarse y ver hasta donde puede llegar o no llegar...; cuando después el niño necesita un afecto, una comprobación de que es aceptado..., cuando después tiene una curiosidad intelectual, y va experimentando... Todo esto lo hace porque hay algo que lo empuja por dentro, porque hay un impulso que se manifiesta en su conciencia en forma de deseo, en forma de ganas de... hacer algo. Estas ganas de, son el lenguaje por el cual se manifiesta todo lo que es y todo lo que va siendo.

Todo lo que nosotros somos ahora, primero ha sido un deseo. Es el deseo de andar, las ganas de andar, lo que ha permitido que nosotros ejercitáramos el andar y desarrolláramos la capacidad de andar. Es el deseo de comprender lo que ha motivado que nosotros preguntáramos, que leyéramos, que reflexionáramos, y así se ha formado una noción de las cosas. Es un deseo de algo superior lo que nos ha hecho inquirir, lo que nos ha hecho experimentar, de un modo o de otro, y que nos va dando una determinada experiencia. Siempre el deseo es el lenguaje anticipado de la realidad.

Muchas personas demuestran que no viven, o que no viven bien, precisamente porque no tienen deseos. Cuando la persona no tiene ganas de, no tiene ánimos de, está desanimada...; es cuando estas fuerzas vivas de dentro no se manifiestan en forma de deseo, de aspiración o aspiraciones. No porque no estén dentro sino porque algo les impide que se manifiesten. Entonces la persona vive como si no tuviera deseos y al vivir como si no tuviera deseos vive como si no viviera.
Diríamos que hay algo que nos hace existir, una inteligencia, una voluntad, algo... llamémosle Vida, llamémosle Dios, llamémosle el nombre que queramos. Y este algo se expresa siempre de una manera dinámica, se expresa a través de todos los niveles; a través del nivel biológico, a través del nivel mental, del nivel espiritual, del nivel estético, del nivel que sea, y siempre se manifiesta mediante esta demanda de algo, esta búsqueda de algo, esta ilusión por algo.
Todos nuestros deseos tienen una realidad, una justificación y una importancia extraordinaria. Cuanto más se manifieste en nosotros conscientemente un deseo, eso significa que hay una fuerza disponible, que hay un móvil claro, intenso, y que por lo tanto se podrá realizar aquello que deseamos. Todo deseo no es nada más que lo que nos empuja a ser más, a vivir más, a actualizar más nuestro potencial interior. Lo mismo si se trata del deseo de tener dinero, que si se trata del deseo de llegar a la santidad, que si se trata del deseo de vivir en paz en un rincón de una montaña.

Todo deseo es expresión de algo que quiere actualizarse, por lo tanto todo deseo es para nosotros no sólo una realidad empírica sino que es una realidad en el sentido de valoración profunda de la cosa deseada. Es una promesa, es el anticipo de una realidad que hemos de vivir; es un derecho y una necesidad que hemos de poder culminar.


Cuando el deseo puede ser obstáculo

El deseo hace proyectarme hacia algo porque intuyo que a través de aquel algo yo podré realizar un mayor grado de mi propia identidad, o de mi plenitud, o de mi satisfacción, o de mi claridad mental, o de algo que para mí es importante. Pero el deseo en sí no es realización. El deseo no es nada más que una tensión hacia algo. El deseo es una relación que hay entre yo tal como me vivo ahora y yo tal como me intuyo o espero llegar a ser. El deseo es importante, es fundamental, pero a condición de que llegue a su término. En la medida en que yo aprendo a actualizarlo, a convertirlo en acto, en realidad presente, es positivo; pero es obstáculo en la medida en que yo me acostumbro a vivir en el deseo, y sostengo, mantengo, alimento, este deseo.
El deseo es una relación temporal, transitoria, pero debe ser eminentemente dinámico, algo que me obligue de algún modo a transferirme hacia el objeto del deseo, o a transferir el objeto hacia mi propia realidad actual. Cuando el deseo no hace dinámicamente esta función, cuando se mantiene ahí, como un status, como algo estático dentro, entonces el deseo se convierte en un gran inconveniente, en un gran obstáculo. Encontramos entonces aquellas personas que están viviendo toda la vida sostenidos, identificados, por unos deseos. Y lo mismo es aplicable a los temores, porque deseo y temor son exactamente lo mismo, como decía antes. Deseo es el querer algo; temor es el no querer algo. Todo lo que quiero tiene la contraparte de no querer lo contrario o de no querer que no se realice. Todo temor significa que deseo lo contrario del temor, a la vez que quiero que no se realice lo que temo. Deseo y temor son dos aspectos de una sola cosa; es esta relación entre mi presente tal como lo vivo (en este caso limitado), y un futuro que presiento, que deseo, al que aspiro, como más completo, más real, más mío.


El deseo como empuje interior

Cuando en nosotros hay el deseo de algo, eso quiere decir que esencialmente existe en nosotros la posible realización de ese algo. El deseo puede tener dos formas básicas: o bien yo deseo llegar a ser de un modo determinado, o bien deseo algo externo a mí. Yo puedo desear llegar a vivir con una gran serenidad, o con una gran seguridad interior, o con una gran paz; o puedo desear una casa muy bonita, o poder disponer de unos medios económicos que me permitan una autonomía en mi vida.

O sea, puedo desear algo de mí, de mi interior (en relación a mi modo de ser), o puedo desear un objeto. Pero cuando miro bien eso..., me doy cuenta que en último término las dos cosas son una sola. Yo deseo un objeto, o deseo unas determinadas condiciones exteriores, porque creo que en aquellas condiciones yo me sentiré mejor, yo seré más feliz, yo viviré de un modo más pleno. O sea que, en definitiva, siempre estamos buscando vivir de un modo más pleno, más satisfactorio, más completo, más auténtico. Lo que pasa es que a veces lo buscamos directamente, aspirando al estado en sí, y otras veces lo buscamos indirectamente, a través de una condición externa: que las personas cambien, que tengan otro carácter, que en mi trabajo me asciendan, que yo aumente de categoría, etc. Pero en el fondo siempre todo va a parar a esta exigencia profunda de vivir yo más mi propia plenitud, de un modo u otro.

Bien. Esta plenitud se desea porque ya está empujando por dentro. El deseo no viene simplemente de algo que nos falta. Si nos faltara algo y sólo eso, esto no generaría nunca el deseo. El deseo solamente se genera cuando, por un lado, yo vivo limitado, y por otro lado, otro nivel en mí vive o percibe una plenitud. Es el contraste entre estas dos cosas que hay en mí lo que genera el deseo. Si yo solamente fuera eso limitado, viviría la limitación como única posibilidad, sin contraste posible, sin demanda posible. Yo sería eso y no podría aspirar a más porque no podría sentir o intuir nada más. Pero resulta que a pesar de vivir unas limitaciones, algo en mí intuye que hay otro modo de vivir más pleno, más auténtico. Esto es lo que produce el deseo.

El deseo no nos viene nunca del exterior, el deseo nos viene por ese desequilibrio interior existente entre lo potencial y lo actualizado. Si no hubiese este potencial, aunque se nos ofrecieran exteriormente toda clase de estímulos, no habría respuesta interior. Yo tengo hambre y en la medida que tengo hambre, la intuición, el instinto, me dice que he de comer unas cosas; pero en el momento en que el hambre ha quedado satisfecha, en el momento en que hay un equilibrio entre mi conciencia orgánica y mi demanda interior, entonces ya no hay hambre, y aunque aparezcan alimentos en el exterior, aquello no me produce hambre. El hambre se debe, pues, a un desequilibrio interior. Y todo deseo es exactamente igual; las cosas exteriores no me tentarían si no hubiera una demanda interior.


Los deseos son realizables

Siempre yo puedo realizar mi deseo, porque el deseo es expresión de mi propio fondo. Si yo quiero llegar a una mayor plenitud es porque esta plenitud existe en algún sitio en mí. Si yo quiero llegar a una mayor realidad es porque esta realidad existe en mí. Y si no existiera en mí, yo no tendría noción de que pudiera existir una mayor realidad.

Todos podemos realizar nuestros deseos del todo, en el sentido de actualización de nuestro modo de ser y de sentimos. Nuestro modo de ser y de sentirnos no depende del exterior aunque creamos que es así; depende de cómo yo reacciono al exterior, no del propio exterior.

La realización del deseo depende de la conjunción de tres factores. Del sentimiento (que en parte viene reflejado por el deseo), de la mente y de la voluntad. Pero al decir esto no quiero indicar que yo debo usar la inteligencia y la voluntad para luchar activamente y conseguir los objetivos que busco -aunque esa es la fórmula que se da generalmente-, no; yo estoy hablando ahora de una actualización, de una realización inmediata.

Hay una posibilidad de realizar inmediatamente nuestros deseos, porque las condiciones de la realización están todas en nosotros. Por alto que sea el deseo, por ambicioso que sea, mientras se pueda formular como un modo de sentirme yo, como un modo de ser, entonces se podrá realizar, al contado. Pero siempre exige la actualización de estos tres resortes que son las tres cualidades básicas de nuestro propio ser, que son: el aspecto afectivo, el aspecto mental y el aspecto energía.

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