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sábado, 9 de agosto de 2008

¿Somos realmente sólo carne y huesos?.- Alejandro Celis

¿Tienes claro que cuerpo y mente no son "entes" separados?... Por si te queda alguna duda, aqui tienes un artículo de este maestro chileno en el que nos recuerda algunas evidencias que solemos obviar, y que por ese motivo nos impiden gozar de una vida más placentera y auténtica.

Ahora que escribo esto, estoy dándome cuenta de que en realidad todo esto no lo lee nadie,(básicamente porque tampoco es que haya mucha gente que conoce este blog) pero no me importa...no deja de ser un archivo recopilatorio de textos reveladores y muy enriquecedores....y yo disfruto mucho con esto!!!!

Gracias a ti que lo lees!!!

¿Somos realmente sólo carne y huesos?

Alejandro Celis H.

Existe una creencia implícita, no expresada, en la cada vez más predominante tendencia a tomar medicamentos las veces que algo no está enteramente bien. Dolor de cabeza, problemas digestivos, resfrío, hipertensión... venga una pastilla. Naturalmente, esto hizo maravillas para la economía de la industria farmacéutica, sobre todo considerando que los remedios naturistas -como hierbas y otros- fueron quedando cada vez más postergados, catalogados de "remedios de viejas" y "curaciones no científicas". Hasta ahí la aceptación de los medicamentos era más o menos comprensible, en la medida en que creíamos que cuerpo y mente (o psique o como la llamemos) eran compartimentos estancos, separados. En los años cincuenta, la medicina psicosomática comenzó a cambiar nuestra percepción, por cuanto vimos que ciertas dolencias no aparecían por "mala suerte" o sólo por factores genéticos. Comenzamos a ver que la úlcera gástrica, el colon irritable, algunos dolores en la columna vertebral, ciertos problemas cardíacos -por citar algunos ejemplos-, no podían explicarse meramente como fenómenos físicos, y se comenzaron a barajar factores enteramente subjetivos, como "esa persona se preocupa mucho", "la tensión la está matando", etcétera; y en el otro sentido, se hablaba de curaciones "milagrosas", en que sólo la voluntad de curarse del enfermo había logrado revertir una situación extrema.

Apareció el concepto de "stress", concepto que implicaba que la forma como percibimos una situación puede hacer que nos tensemos, y que esa tensión podía tener consecuencias para los índices estrictamente físicos de la salud. Cada vez más se habló de "estar estresado(a)" como una situación que potencialmente podía tener serias consecuencias. Y entonces, claro, florecieron los tranquilizantes, los "estabilizadores del ánimo", los ansiolíticos, los antidepresivos, las píldoras para dormir, las píldoras para despertar... Una pastilla y ya está. Todo resuelto.

Se ha hecho costumbre en el último tiempo hallar en la prensa escrita artículos escritos por las figuras más retrógradas de la psiquiatría, bogando por este tipo de enfoque. Es claro que las apariencias parecen indicar que su premisa básica (que nuestro funcionamiento como personas depende enteramente del funcionamiento cerebral) parece absolutamente correcta, pues las lesiones cerebrales y los diversos desequilibrios metabólicos dan como resultado falencias o desequilibrios anímicos de importancia. Una lesión en la zona motora ha producido, hasta ahora, consecuencias en la capacidad de movimiento de la persona; lesiones en la zona del habla, del oído o de la vista han producido, hasta ahora, fallas en el sistema sensorial correspondiente. Sin embargo, la medicina y psiquiatría más tradicionales difícilmente hallan explicación, por ejemplo, para las diferentes capacidades de recuperación de diferentes pacientes. Es cada vez más difícil hablar de "enfermedades" que producen siempre determinadas consecuencias, pues depende del afectado.

La evolución que ha tenido el Sida desde que apareció indica que hay factores no considerados que influyen en gran medida. Cuando, a principios de los 80, comenzaron a aparecer los primeros casos, éstos morían a los pocos meses. Con el tiempo, sin embargo, el lapso entre la declaración de la enfermedad y la muerte se extendió a años —que en muchos casos aún se siguen acumulando-, aun antes de la aparición de los tratamientos actuales. La hipótesis que surge es, entonces, que la actitud frente a la enfermedad, la voluntad de vivir de la persona y sus creencias respecto a cómo va a evolucionar dicha enfermedad pueden ser determinantes.

Si esto es así, ¿de qué estamos hablando? ¿Qué es lo que determina que ciertas personas se dejen abatir por la angustia o la depresión y otras reaccionen rápidamente, sin la ayuda de medicamentos?


La responsabilidad por la propia vida

Víktor Frankl, psiquiatra vienés contemporáneo de Freud, Jung y Adler y autor del bestseller El Hombre en busca de sentido, llamó a este factor el sentido de la vida: la percepción que cada persona tiene de una orientación, una sustancia, una energía que puede o no estar presente en la propia vida. Aquellos que la sienten presente pueden superar grandes obstáculos y dificultades; los que no, caen y se abaten a la menor dificultad. Este sentido que cada uno ve en la propia vida puede ser, simplemente, el goce del propio existir o algo más complejo, como una función que la persona siente que debe cumplir; pero su peso es enorme. Una persona que siente que su propia existencia tiene sentido para ella se puede realmente ver como actor y no víctima de sus circunstancias, incluyendo la posibilidad de conocerse, autoexplorarse y no dejarse dominar por sus estados de ánimo.

Es claro que no estamos hablando ya de factores fisiológicos, genéticos o hereditarios. Esto puede recibir muchos nombres y, según nuestras creencias, podemos asignar estas capacidades al "poder de la mente", a la "fuerza espiritual" o a lo que queramos. Lo que parece estar claro es que esta fuerza existe y que negar o aceptar su existencia tiene diferentes efectos y consecuencias para nosotros. Si la aceptamos, llegaremos inevitablemente a la conclusión de que, independientemente de nuestros padres, sociedad, condicionamiento o circunstancias actuales, somos responsables —actores y no víctimas- de cómo reaccionamos frente a determinadas situaciones, con qué actitud enfrentamos las circunstancias que nos toca vivir y de las opciones que escogemos.

Por ejemplo, si en un momento determinado sentimos angustia, es claro que la "solución" más rápida y fácil es tomar un medicamento, lo que nos ahorrará el mal rato de sentirla. Eso tiene consecuencias, claro, por cuanto de ese modo nos estamos declarando a nosotros mismos impotentes frente a la angustia, con lo cual somos, en breve, menos dueños de nosotros mismos que lo que podríamos ser. Quien acepta y explora cada una de sus vivencias posee una amplitud, una serenidad, una profundidad que obviamente no tiene quien debe recurrir a un comprimido cada vez que siente algo que le atemoriza o incomoda.

Por otra parte, aún si no tenemos idea cómo enfrentar la angustia de otro modo que con una píldora, nuevamente tenemos opciones: podemos echar el tema a un lado y seguir haciendo lo que hemos hecho siempre, o buscar ayuda donde creamos que podemos encontrarla. Y aquí nuevamente somos responsables: podemos entregarnos en manos de un supuesto "experto" en el área o bien escuchar lo que diversas personas puedan decirnos, y luego escoger nosotros hacer lo que sintamos intuitivamente que nos resuena más.


Una perspectiva diferente

Pienso que es tan destructivo vernos a nosotros mismos sólo como un cuerpo o sólo como entes mentales o espirituales. Si nos vemos como un cuerpo, viviremos la vida como cerdos —sin la exquisita inocencia de éstos- y nos dedicaremos exclusivamente a gratificar necesidades —y luego excesos- fisiológicos y sensoriales. Si nos vemos exclusivamente como seres espirituales, negaremos lo más obvio —el cuerpo que habitamos y el mundo que nos rodea- y lo más probable es que nos convirtamos en hipócritas, pues deberemos mantener una lucha constante contra el llamado del cuerpo. Todos conocemos ejemplos de movimientos religiosos o culturales que han graficado ambos polos.

Un sabio de la cultura Sufi medieval —Jellal’udin Rumi- tenía la imagen de un burro para representar las necesidades del cuerpo. Obviamente, un burro no está interesado en filosofía: desea un fardo de pasto diario, ojalá un encuentro relativamente periódico con un atractivo ejemplar del sexo opuesto —no precisamente para conversar-, agua, abrigo... cosas básicas y simples. Ahora bien: aún cuando cualquier persona razonable concordará conmigo en que estos ingredientes son perfectamente aceptables y necesarios, también creo que concordaremos en que no pueden ser los únicos. Un burro no tiene una vida muy estimulante, aún cuando estuviera rodeado de comida y de sensuales ejemplares del otro sexo. El aburrimiento, la monotonía y el sin sentido acechan al lado de las condiciones que teóricamente podamos imaginar como más idílicas.

El Buda advertía que el placer sensorial no puede prolongarse en forma indefinida: inevitablemente, vendrá después una cuota de sufrimiento. Esto puede parecer una maldición o una advertencia moralista, pero sugiero que cada uno examine su experiencia al respecto.

Si pensamos ver las cosas desde un ángulo diferente, podemos plantearnos el aceptar y cuidar al burro sin necesariamente hacerle caso en todo. Y aquí los límites son difusos, y en las sugerencias de los supuestos expertos o movimientos espirituales existe gran diversidad. Lo que propongo es que somos los amos, pero eso no implica dominar lo físico desde una filosofía represiva. Lo que implica es desarrollar la consciencia —el verdadero amo- y dejarle guiar nuestra vida desde la lucidez, desapego y ecuanimidad que la consciencia implica. La consciencia, cuando es amplia, no está guiada por algún dogma estricto, sino que considera las cosas desde una perspectiva amplia: "¿Cuáles son todos los elementos presentes en esta situación?"... y sólo desde allí surge la respuesta correcta, equilibrada y apropiada, desde el punto de vista de la persona, no necesariamente de la sociedad y sus normas.

En síntesis, creo que debemos reexaminar nuestras creencias al respecto y la forma como se reflejan en nuestra vida. Vivir una vida centrada en el bienestar del cuerpo no nos hará vivir una vida muy diferente de la de los cerdos: instintiva, centrada en la seguridad, la reproducción y las necesidades fisiológicas. Si creemos ser algo más, deberemos explorar la senda menos popular del autoconocimiento, y comenzar a despertar al verdadero dueño del recinto. Y cada acto cotidiano refleja una o otra opción.


Fuente: www.transformacion.com

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Cómo que esto no lo lee nadie??
Bueno la verdad es que es la primera vez que escribo un comentario... pero eso no significa que no esté al día de tu blog.
Me ha gustado mucho este artículo y estoy totalmente convencida de que la mente es tan, tan poderosa que influye muchísimo en que padezcamos según que enfermedades, síndromes, etc.
Es curioso ver cómo entre personas que padecen una misma enfermedad se recuperan mucho mejor ó más rápido las que son positivas y tienen motivación para salir adelante.
Bueno por hoy me despido animándote a continuar con tu blog, ya que te lo estás currando un montón.

donda80 dijo...

hola alejandro claro que lo leo tambien realmente esto de estar conectados con uno es potenticimo, no entiendo mucho de este blog pero escribes aun?
cariños david