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miércoles, 13 de agosto de 2008

"Aceptación y niveles de conciencia".- Alejandro Celis

En esta ocasión, ante un artículo como este, sólo pienso en silencio, en el silencio en el que me gusta leer a este autor para conectar con la esencia de sus palabras, conectar con el silencio que hay detras de todo, y disfrutar de llenarme de su verdad para crecer y sentir la autenticidad de la vida cuando tomas conciencia de ella...de ti....

Es un poco extenso, pero como ya comenté, no se me ocurre por donde podria recortar...de hecho no quiero recortar; solo te diria: tómate tu tiempo y reflexiona sobre lo que sientes al leer este artículo, para mi no tiene desperdicio

Gracias

ACEPTACIÓN Y NIVELES DE CONSCIENCIA
EN PSICOTERAPIA TRANSPERSONAL


Alejandro Celis H.

Artículo publicado en Revista Praxis, N° 2, 2000. Escuela de Psicología U. Diego Portales.
Psicólogo U. de Chile (1977). Profesor de Cursos de Post-título, acreditado como Formador de Psicólogos Clínicos (1995). Docente de cursos de Técnicas de Tratamiento Psicológico Humanista y Transpersonal en la Escuela de Psicología de la Universidad Diego Portales 1987-2000. E-mail: alejandrocelis@entelchile.net

Resumen

El artículo examina dos conceptos centrales al quehacer del psicoterapeuta transpersonal. Se aborda, en primer lugar, el concepto de niveles de consciencia, exponiéndose las formas en que se baja o se sube de nivel de consciencia en lo cotidiano; a continuación, se examina la idea de la aceptación y sus diversas facetas como motor del cambio personal. Se ejemplifican, finalmente, formas de aplicar estas ideas al trabajo con personas.

Palabras clave: psicoterapia transpersonal, autoaceptación, niveles de consciencia.

A mi entender, uno de los propósitos de la psicoterapia transpersonal es ayudar a que la persona experimente su realidad de una forma que le permita desarrollarse, aprender y expresar sus potencialidades. A través de este artículo, desearía exponer en extenso dos conceptos que guardan estrecha conexión con este propósito y entre sí: el de niveles de consciencia y el de la aceptación -en sus diversas acepciones-.

I.- Niveles de consciencia.-

Me tomaré la licencia de explicar este concepto con una imagen simplista: si imaginamos una escala de cero a cien, pensemos que en el nivel uno se encuentran las vivencias más contraídas, estrechas y limitadas de que somos capaces -quizás catatonia o algo peor-. Los niveles más bajos de esta escala se caracterizan porque experimentamos contracción a todo nivel: dolor, sufrimiento; odio hacia nosotros mismos, nuestros semejantes y todo lo que nos rodea, y nuestra conducta y vivencias se caracterizan por la falta de consciencia y lucidez, por representar la repetición de conductas automáticas condicionadas. Si imaginamos que ascendemos en la escala, vamos experimentando vivencias cada vez más amplias -en términos físicos, emocionales, mentales y como vivencia subjetiva-, pasando por lo que llamamos "neurosis común" y "normalidad". En los niveles más altos, experimentamos sentimientos de expansión, amor y cuidado por nosotros mismos, los demás y todo lo que nos rodea, y sentimientos positivos en general. Nuestra conducta es consciente y lúcida, y estamos más alejados de los automatismos repetitivos, hasta llegar a niveles insospechados de realización y expansión, quizás sólo descritos por místicos, poetas y literatos.

En cada uno de esos estadios, etapas o como las llamemos, experimentamos la misma realidad de diferente forma; esta vivencia será más refinada y amplia y el estado subjetivo de la persona será más gratificante y saludable mientras más suba en esa escala. Es importante aclarar que esto no depende de circunstancias externas y que, al menos teóricamente, es perfectamente posible experimentar toda la gama completa en el mismo lugar físico y situación o entorno psicológico. Lo ejemplifiqué así en un artículo anterior: En lo cotidiano, todos nos hemos visto en situaciones en las que, sin mediar motivo alguno, nos despertamos alegres, optimistas y vemos todo desde una perspectiva positiva. Y también a muchos nos ha ocurrido ocasionalmente encontrarnos de pronto en un estado de exaltación de los sentidos -los colores, sonidos, olores y sabores se sienten más intensamente- y, quizás, sin mediar motivo alguno, sentimos que amamos a todos y todo lo que nos rodea. Los orientales llaman a esto, un estado expandido de la consciencia; y en los casos en que la experiencia es más pronunciada, una experiencia mística (Celis, A., 1993).

El término inglés awareness ha sido comúnmente traducido al español como "darse cuenta" o "consciencia", y alude a la facultad -destacada especialmente por la línea Gestáltica- de vivenciar o percibir algo y ser, simultáneamente, capaces de ser conscientes de estar vivenciando o percibiendo. Se dice que el ser humano es la única criatura viviente que tiene esta capacidad de "ser consciente de sí". La Gestalt trabaja fundamentalmente el desarrollo de esta capacidad en las personas, puesto que establece una relación prácticamente lineal entre mayor consciencia (o darse cuenta) y salud psicológica. En Occidente, estamos familiarizados con el concepto de los niveles de activación de la corteza cerebral: el coma, el sueño, el estado soñoliento, el estado de alerta, etcétera. Aquí entenderemos "nivel de consciencia" (en la escala descrita) como grado en que ese percatarse o darse cuenta está más expandido o contraído. Literalmente, una mayor expansión de este nivel de consciencia nos permite percibir elementos de la situación de los que no nos damos cuenta si estamos contraídos (físicamente tensos, emocionalmente ansiosos o mentalmente prejuiciados, por ejemplo). En términos generales, digamos que un cuerpo relajado y armónico, emociones neutras y una mente abierta nos permiten abrirnos a un nivel de consciencia mayor.

El estado de consciencia que en psicología entendemos como "normal" se halla lejos de lo ideal. Aldous Huxley (1956) asevera: "Según Bergson, la función del cerebro, sistema nervioso y órganos sensoriales es principalmente selectiva, no productiva. Cada persona, en cada momento, es capaz de recordar cuanto le ha sucedido y de percibir cuanto está sucediendo en cualquier parte del Universo.( ) cada uno de nosotros es potencialmente Inteligencia Libre. La función del cerebro y el sistema nervioso es protegernos, impedir que quedemos abrumados y confundidos por esta masa de conocimientos, dejando fuera la mayor parte ( ) en la medida en que somos animales, lo que importa es sobrevivir a toda costa. Para que la supervivencia biológica sea posible, la Inteligencia Libre tiene que ser regulada mediante la válvula reductora del cerebro y del sistema nervioso".

Los ya popularizados conceptos de "percepción selectiva" y de "paradigmas" que nos hacen "ver lo que queremos ver" y pasar por alto lo demás ya se hallan fuera de todo cuestionamiento, aunque la magnitud del fenómeno en nuestras vidas cotidianas es algo aún no examinado en toda su dimensión. Ornstein, R.E (1972) confirma la misma visión que Huxley y Bergson.

Si como seres humanos sólo aspiramos a la "supervivencia" y no a enriquecer nuestra calidad de vida subjetiva, lo más probable es que este bajo nivel de expectativas nos mantenga percibiendo sólo aquella parte de la realidad necesaria para nuestros fines. Quizás el hecho de que este tema es tan poco tocado en nuestra cultura explica el desconocimiento general a su respecto. Según Spinoza, sin embargo, "Si el camino que conduce hacia arriba parece muy difícil, puede no obstante ser hallado. En verdad debe ser difícil, puesto que raras veces es descubierto, a pesar de que la salvación se encuentra al alcance de la mano y puede ser descubierta sin esfuerzo... ¿cómo puede ser posible que casi todos la hayan desahuciado? Pero todas las cosas nobles son tan difíciles como raras" (en Fromm, E., 1963).

En ocasiones, experimentamos niveles de consciencia tan ajenos a nuestra realidad habitual que nos resulta casi imposible comprenderlos o comunicarlos en el lenguaje habitual. Como dice Paul Lowe (1996): "Alcanzamos niveles de vibración, niveles de realización y sabemos que eso es así, y luego regresamos e imaginamos a nuestro tío Federico o a nuestro padre diciéndonos, "Pruébamelo". No puedes probarlo; y, si lo intentas, lo perderás para ti mismo ( ) y el ego no soporta eso. Le gusta la certeza". La tendencia preponderante en nuestra profesión ha sido patologizar los estados superiores y no reconocerlos como tales (Wilber, K., 1982).

¿Qué factores determinan nuestro estado presente?

Si aceptamos por un instante la hipótesis que Huxley presentaba anteriormente, deberíamos suponer que esa "Inteligencia Libre" no tiene otras barreras que las que su sistema nervioso le impone. Y sin embargo, existen múltiples ejemplos que muestran que esas barreras pueden desaparecer por momentos o de modo más definitivo, lo que hace suponer que jugamos algún tipo de papel en la mantención o cancelación de esas barreras.

El concepto de identificación puede ayudar a aclarar las cosas. Si partimos de un estado más bien libre en la infancia, debemos suponer que ocurre algo más que la mera maduración del sistema nervioso para explicar la habitual neurosis del adulto: según el ya mencionado Hammer "La psicopatología se inicia al rechazar la unidad de la consciencia y sustituírla por la identificación de esa misma consciencia con las diversas etiquetas o fragmentos que forman el ego psicológico dualista". En el proceso de socialización, la persona comienza a auto-definirse (o identificarse) con determinadas etiquetas que cree que le definen: creativo/no creativo, intelectual/emocional, masculino/femenino, inteligente/tonto, bueno/malo para los deportes, generoso/egoísta, buena/mala persona, con buenas/malas perspectivas futuras, etcétera, etcétera. Lo que puede o no esperar de la vida y de sí mismo(a) se moldean de la misma forma, y esas expectativas -como paradigmas que son- estrechan su percepción para incluír sólo lo que espera ver. Una vez asumida la "realidad" de nuestra personalidad, no habrá lugar para grandes sorpresas.

Según Frances Vaughan (1978) y concordando con Assagioli (pionero del movimiento Transpersonal en Italia), "Somos dominados por todo aquello con lo que nos hemos identificado. Podemos dominar y controlar todo aquello de lo cual nos desidentificamos". La hipótesis de los místicos es también que estrechamos voluntariamente -pero no necesariamente de modo consciente- la amplitud de nuestra consciencia, de momento en momento. Si en un momento dado nos hallamos tensos y angustiados, por ejemplo, podemos identificarnos con ese estado -con lo cual nos atascaremos en él- o bien intentar aquietarnos, serenarnos... Si logramos hacerlo, empezaremos a ver las cosas de diferente forma: con más serenidad, tranquilidad... veremos que cuando nos tranquilizamos, la realidad se transforma. Cuando estamos ansiosos, todo es amenazante, todo es terrible. Nos tranquilizamos en esa misma situación y la realidad repentinamente se transforma, la realidad es otra. No ha cambiado la realidad, lo que ha cambiado somos nosotros. ¿Qué nos está mostrando eso? Nos está mostrando que tenemos algún grado de control sobre lo que nos pasa.

Así por tanto, si partimos de la base de que todos los niveles de consciencia están a nuestro alcance, lo que determina en cuál estamos es, entonces, con cuál nos identificamos. El hombre común cambiaría de nivel inadvertidamente, merced a su condicionamiento. Mientras más conscientes somos, mayor sería la posibilidad de elegir ese nivel a voluntad. En general, el efecto de nuestro condicionamiento se retrata en una continua y enajenante autocrítica que emerge automáticamente cuando no estamos alertas.

En la película que dirigió y protagonizó Clint Eastwood, "Los Imperdonables" (que recibió un Oscar a la mejor película en su año), el protagonista -que en su juventud fue un pistolero despiadado y criminal- le dice a un joven: "Matar a un hombre es algo imposible de olvidar. Le quitas todo lo que tiene y todo lo que puede llegar a tener". "Supongo que se lo merecen", dice el joven, quien lo admira y desea ser como él. "Todos nos lo merecemos", responde el primero. Una de las cosas que ilustra la película es un cambio de nivel de consciencia en algunos de los personajes. El protagonista y su amigo no vacilaban en matar a nadie en su juventud, fuese quien fuese. En la edad madura, se conmueven y descomponen con facilidad al hacerlo, y tratan por todos los medios de evitarlo.

En una charla (Celis, A., 1990) dije: "Tengo la sensación de que hay una ética que es natural... que no es impuesta, y que aparece cuando uno logra de algún modo sanear el sistema. Y sanear el sistema significa que uno logra de alguna manera que fluya lo que ha sido bloqueado. Por ejemplo, si cuando chico me acostumbré a no expresar mi rabia, posiblemente necesite unas pocas sesiones en que grite y golpee las murallas, rompa cojines y haga bastante alharaca hasta que realmente esta cosa sea natural, y entonces esa rabia retenida no me va a hacer ser sádico, por ejemplo. Y entonces, cuando todas estas cosas están saneadas, tengo la impresión de que surge una ética que es natural. Cuando estás saneado, realmente no puedes pasar por alto al otro. Alguna gente dice que el estado de amor entre los seres humanos es natural, y que el hecho de que no se exprese se debe a que está tapado con todas estas cosas. Y entonces, cuando sacamos todas éstas, descubrimos que nos importa el otro, que no le haríamos daño, que no le manipularíamos, que no trataríamos de sacar ventaja de él, que en buenas cuentas nos importa que esta persona siga su propio camino, que haga lo que quiera, y si podemos ayudarle en eso, le ayudamos. Entonces, ésta sería una ética que estaría más en función de la consciencia, una consciencia personal más que una ética o moral enseñada por la sociedad".

Refraseando lo dicho, podría decir que esa ética natural surge cuando accedemos a un nivel de consciencia más elevado, como en el ejemplo utilizado anteriormente. En otra película ("Fearless", de Peter Weir) el protagonista sobrevive a una caída de avión y su estado de consciencia cambia radicalmente, con lo cual toda su vida se trastorna. En un momento en que las presiones externas le superan, sin embargo, el temor y la presión le vencen y cae al mismo nivel de antes del accidente.

¿Qué conductas o actitudes nos hacen "subir" o "bajar", entonces? Según F. Vaughan (1978), "El reconocer conscientemente que uno es responsable de cómo piensa, siente y actúa en relación a sí mismo y a la sociedad tiene enormes implicancias en la evolución del planeta". Sin embargo, esto no sólo tiene implicancias para "el planeta": en el minuto en que, habiéndonos dado cuenta de que podemos controlar lo que nos pasa, empezamos a hacernos responsables de nuestra vida, nos daremos inevitablemente también cuenta de que decidimos minuto a minuto lo que sentimos, que permitimos o no que algo nos pase, que buscamos o no una situación determinada o que elegimos vivir tal o cual cosa de una determinada manera. Permanecer alertas -conscientes- y hacernos responsables de nuestras vivencias subjetivas, hacen subir, entonces, el nivel de consciencia. Si estamos identificados con los contenidos de nuestra mente -lo condicionado- nuestro nivel de consciencia tiende a bajar. Si tengo, por ejemplo, una relajada preferencia para que las cosas se den de un cierto modo -pero no considero una catástrofe que se den de otra manera y estoy abierto a que así sea- mi nivel de consciencia tiende a estar elevado; por el contrario, si me obsesiono con que las cosas se den como yo quiero y pienso sólo en mi propio interés, mi nivel baja.

Si respeto lo que siento y no disfrazo mi verdad en lo que muestro y expreso, mi nivel de consciencia tiende a estar alto (Blanton, B., 1996), pues no invierto energía en ocultar o deformar mi realidad más interna. El humor es una de las mejores formas de subir el nivel de consciencia, siempre y cuando sea liviano -no así cuando es un humor ácido, cínico o amargo, o nos burlamos malintencionadamente de otros-.

Estos son algunos ejemplos, entonces, de cómo afectamos nuestra calidad de vida subjetiva de momento en momento. Naturalmente, disciplinas como la meditación, la relajación, una vida carente de innecesarias tensiones, un trabajo satisfactorio y motivante, relaciones íntimas y satisfactorias con otros son también factores que facilitan -pero no producen- el mantener un nivel de consciencia amplio y elevado. A pesar de cualquier factor que ayude, sin embargo, es cada individuo quien está decidiendo, de hecho, cómo vive en cada momento. A continuación examinaré la noción de aceptación, en el entendido de que es un factor clave en impulsar estados de consciencia superiores.

II.- La aceptación.-

Estas son las diversas acepciones de este concepto que examinaremos aquí:

(a) la aceptación de sí mismo;
(b) la aceptación de otra persona, y
(c) la aceptación de una determinada realidad o situación.


¿Qué es la aceptación, en términos generales? Comúnmente, se la entiende como equivalente a "aprobar" y, en algunos casos, como una mera declaración de la disposición cognitiva a dar cabida a una idea o característica propia o de otra persona. La aceptación a que me referiré aquí es un acto enormemente más comprometedor, pues implica el dar cabida enteramente -con la mente y el corazón- a algo.


(1) La aceptación de sí mismo.-

Muy rara vez nos encontramos con personas que emanen un estado de verdadera armonía interior, producto de una aceptación integral de cada vivencia que de momento en momento surge en ellos. Según el maestro budista tibetano C. Trungpa (1986) "Gran parte del caos que hay en el mundo se produce porque la gente no se aprecia a sí misma. Como nunca han llegado a demostrarse amistad y ternura a sí mismos, no pueden experimentar dentro de sí paz ni armonía, y por eso lo que proyectan hacia los demás es también confuso e inarmónico. En vez de apreciar nuestra vida, es frecuente que demos por sentada nuestra existencia o que encontremos en ella una carga deprimente. La gente amenaza con suicidarse porque no obtiene de la vida lo que cree merecer de ella".
A.H. Almaas (1998) lo expresa de este modo: "Si te observas a ti mismo, descubrirás que en tu interior tienes un comentario prácticamente constante. Una parte de ti está siempre criticando lo que estás haciendo, sintiendo, pensando, diciéndote que estás equivocado por lo que estás sintiendo o pensando, que no lo estás haciendo bien y nunca lo harás, que de uno u otro modo eres una mala persona, que no debieras hacerlo de este modo, que lo debieras hacer de este otro, y suma y sigue. ¿Qué hay de simplemente descansar cuando estás cansado? ¿Puedes acaso simplemente sentarte, leer tu libro, beber una taza de té, mirar la televisión sin hacer ninguna otra cosa?".

Terapeutas, filósofos y místicos atribuyen esto, por lo general, al condicionamiento social. El por qué las cosas se han dado de este modo en nuestra sociedad es tema de otro análisis, pero es claro que vivimos en una sociedad en la que la actitud general que se nos imprime desde la cuna es: "Hay algo errado o malo en ti", "Estás mal, debes cambiar", "No sabes nada", "No debes ser espontáneo o hacer lo que más te gustaría, pues eso tendrá una serie de consecuencias negativas". Sin embargo, este modelo valórico no se nos ofrece en forma coherente: se reprueba la violencia, pero se la estimula a través de la TV o el entrenamiento militar; se reprueba el sexo, pero se le practica en forma encubierta y deshonesta, generando así todo tipo de patologías relacionadas; se reprueban las drogas, pero el uso del alcohol y el tabaco -dos de las drogas más dañinas- se estimula a través del ejemplo y la publicidad.

Existen otros valores que nos generan contradicción y desarmonía internas; por ejemplo, "Sacrifícate por los demás, no seas egoísta" (pero paga las consecuencias de no haber atendido a tus propias y reales necesidades); "Ama a todo el mundo" (y si no los amas, al menos simula), "Sé cortés" (y disimula tu desagrado cuando lo sientas); "Di la verdad" (pero sólo la que te conviene o la que los demás están dispuestos a escuchar).

El Tao te Ching (Lao Tsé, 1992) muestra así la pérdida del Sentido Verdadero (o Tao) que vivimos, y cómo intentamos reemplazarlo con otros valores secundarios:

Cuando se pierde el Tao, entonces la Vida
Perdida la Vida, entonces el amor
Perdido el amor, entonces la justicia
Perdida la justicia, entonces la moral
La moral es la carencia de fe y lealtad,
y el comienzo de la confusión.

Carl Rogers (1964) explica en forma brillante este proceso, así como la confusión interna que genera: describe la situación del adulto corriente -neurótico- en términos de conflicto entre lo que verdaderamente siente o percibe y lo que ha aprendido a percibir, valorar o ver. Sin embargo, tarde o temprano el adulto se enfrenta a la encrucijada en la que, colocado frente a sí mismo, decide si, de una vez por todas, se seguirá considerando a sí mismo como un ser lleno de características y fuerzas malignas y poco confiables a las que hay que "controlar", "canalizar" o "reprimir" o si, por el contrario, dejará de guiarse por criterios externos u opiniones ajenas y se arriesgará a confiar en que aún esas características o vivencias que le asustan o desconciertan son, en un sentido último, confiables, en el sentido de que no son algo que haya que evitar, sino algo que hay que atravesar y vivenciar conscientemente para crecer en cuanto a armonía y paz interiores.
Obviamente, este proceso de sanación -cuando se da- suele ser gradual, no en términos de todo o nada. La gran mayoría de las personas está, sin embargo, demasiado atemorizada de lo que puede haber dentro de sí mismos como para llegar a plantearse siquiera esta decisión, o bien ha perdido en tal grado el contacto con sus vivencias más internas que no experimentan conscientemente conflicto alguno. En el primer caso, se sienten demasiado inaceptables como para enfrentarse a sí mismos, y se contraen con temor o repugnancia y recurren a mostrar la conducta "aceptable" o automática que los demás están dispuestos a tolerar. En el segundo caso, ni siquiera se dan cuenta de que experimentan este rechazo: simplemente, lo llevan a cabo en forma automática e inconsciente. Consecuencia de esto es llevar una vida-máscara, en la que lo que se muestra en público es "lo que yo creo que ellos quieren" o las diversas formas de congraciarse. El otro lado de la moneda -lo privado- es, por supuesto, lo que la persona tiene que enfrentar todos los días: sus propios temores, inseguridades, soledad, alineación (Celis, A., 1988).

El vivir de esta forma es, por supuesto, una estructura muy frágil, pues son muchas las situaciones y personas que nos harán enfrentarnos a esta contradicción interna, a nuestra propia mentira y auto-engaño. Cada vez que la persona elige la opción de no aceptar su vivencia, su aparataje defensivo se vuelve más impenetrable: su cuerpo se rigidiza, su rostro y mirada se vuelven más inexpresivos, su percepción más selectiva y todo su sistema se enferma y envejece un poco más. Veamos un ejemplo más en detalle. Surge un sentimiento en mi interior: por ejemplo, celos; en este momento, no me gusta sentir esto, me resulta inconveniente. ¿Qué hago? Me contraigo, tanto física como psicológicamente. Tenso mi cuerpo, estrecho mi percepción y consciencia. Me endurezco internamente. Si expreso algo, física o verbalmente, esto surgirá de este espacio interior de dureza y contracción: gestos rígidos, tensos, palabras agresivas o "cargadas": puede que agreda a la "causa" de mis celos. La sensación subjetiva que tenga en ese momento será poco grata, y el flujo experiencial subjetivo se habrá estancado. Me habré centrado en un(a) "causante exterior" del sentimiento que me disgusta, intentando pasar por alto la sensación interior que no me gusta y que en realidad es lo que debo enfrentar. Max Hammer (1974) explica así lo que aquí ha ocurrido: "La psicopatología se inicia con la primera ocasión en que rechazamos en nuestro interior cualquier cosa que sea experiencialmente real". Las partes rechazadas pasan entonces a constituír la "sombra" de que habla C.G. Jung.

Más allá, entonces, de la situación generalizada, ¿cuál es el camino a tomar? En palabras de Paul Lowe (1996): "Si estás atemorizado, permítete estar atemorizado. La salida de esto es hacia el interior, y más adentro, y más adentro, y más adentro y más adentro... y no sabes dónde está el medio, y entonces sales... pero no busques la salida, sino la entrada. Si hay temor, experimenta el temor. No lo empeores. No lo reprimas. Simplemente di: "Esto es lo que está ocurriendo", y cuando esté listo para transformarse en otra cosa, se transformará por sí solo. Y no es necesario que hagas nada. El aceptarlo produce la transformación".

Volviendo a Hammer (1974), "En la comunión consigo o consciencia no-dual, uno no produce ninguna reacción conceptual o interpretación de ningún tipo frente a la realidad experiencial que surge espontáneamente, sino que se debe adoptar una actitud de silencioso testigo u observación con la mente silenciosa o escucha frente a lo que surge... No debe haber evitación, resistencia, condenación, justificación, distorsión o apego en relación a lo que surge, sino sólo una consciencia no selectiva". Beisser (1973) llama a esto la "teoría paradójica del cambio": paradójica porque el aparente problema se supera sumergiéndose en él, en lugar de huír o reprimirlo. Hammer (1974) sigue: "Por extraño y contradictorio que parezca, la paz será hallada sólo en el medio -en una comunión no-dual, en una unidad con- del dolor y nunca luchando en contra o huyendo de aquello que es percibido como negativo o doloroso. Sólo la comunión con el dolor psicológico abre la puerta para su liberación y trascendencia".

Si por ejemplo, sentimos angustia y la aceptamos, esto sería como decir: "Sí, estoy angustiado", dándole cabida integralmente al fenómeno en mi experiencia o vivencia. Con esto, la angustia seguirá su curso natural; es decir, experimentaré lo que en ese momento necesite experimentar y el proceso interno seguirá su curso al paso siguiente, cualquiera que éste sea. Puede que empeore... pero inevitablemente llegará un momento en que evolucione a otra cosa. Y nuevamente deberá reiniciarse el proceso, sólo que en el intertanto es posible que la persona deje de sentir temor frente a su propia angustia.

Es frecuente que nos resulte más fácil acoger a otra persona que a nosotros mismos. Al mirar hacia adentro, debemos tener la misma actitud amorosa y solícita que tendríamos con una persona muy querida: acompañando todo lo que allí encontremos, acompañando las propias vivencias de este momento presente, desde heridas infantiles hasta espacios que nos resultan bizarros o incomprensibles. En esto se refleja algo que el Buda sugirió miles de años atrás: para ir hacia el interior, se requiere de consciencia y de una actitud amorosa.

La consciencia -o actitud de alerta o darse cuenta- nos permite descubrir exactamente lo que nos está pasando en este instante: yendo más profundo, ignorando los comentarios y etiquetas de la mente, hacia lo más fino de lo que nos ocurre internamente, a la vivencia sin palabras de nuestro ser. Tanto las técnicas de meditación (antiguas y modernas) como las modernas técnicas para atender a lo que sentimos constituyen un ir hacia adentro, un mirar conscientemente qué está pasando allí, en una actitud receptiva y abierta.

Sin embargo, la consciencia, por sí sola, es fría, "objetiva". Su claridad nos permite discriminar las cosas, sí; pero es la actitud amorosa -una actitud que incluye acogida, aceptación, amor y expansión- la que cura, la que abre puertas, la que aquieta y apacigua temores, tal como cuando intentamos tranquilizar a alguien que amamos. Si unimos ambas cosas -consciencia y actitud amorosa- podemos descubrir qué está ocurriendo ahora en nuestro interior -y no lo que creímos que estaba ocurriendo, o lo que pensamos que debería estar ocurriendo... Y luego, qué ocurre en este momento; y al momento siguiente... y ahora... y ahora nuevamente. Una confusión que existe es que pensamos en "aceptarnos" o "no aceptarnos", en todo o nada. Como vemos, el proceso es mucho más específico: está ocurriendo en cada instante presente. Y esto incluye también las vivencias de "no poder aceptar" algo determinado: si aceptamos la no-aceptación, nuevamente tendremos expansión interna.

El no aceptar un aspecto o vivencia determinada de nosotros mismos produce, en síntesis, división interna, alienación: un lado (el que se niega a aceptar) lucha contra el otro (la vivencia o aspecto). En esta situación, la persona se halla en una posición debilitada en la que puede ser fácilmente manipulada desde el exterior debido a la división y falta de solidez y claridad internas. Por otra parte, atacaré "afuera" (a las demás personas o situaciones) que me muestren aquello que no me gusta en mi interior. La aceptación, por otra parte, produce una sensación de integración y unidad internas: expansión y apertura. Aún cuando la persona puede sentirse vulnerable, la sensación es de fortaleza, debido a la claridad interior. Debido a esto, es más difícil que esta persona pueda ser manipulada desde el exterior. Y la armonía interior producto de la aceptación hará menos probable que sea agresivo con los demás, pues no veré en ellos aspectos de mí que me sean inaceptables.

"Cuando uno no se castiga ni se condena a sí mismo, cuando se relaja más y aprecia su cuerpo y su mente, empieza a tocar con la noción fundamental de bondad primordial que lleva en sí mismo. Por eso es sumamente importante estar dispuesto a abrirse a sí mismo. Llegar a sentir ternura hacia nosotros mismos nos permite ver con precisión tanto nuestros problemas como nuestras potencialidades. No sentimos la necesidad de cerrar los ojos ante los problemas ni de exagerar nuestras cualidades. Esta forma de cariño y de aprecio hacia nosotros mismos es algo muy necesario, pues constituye el fundamento que nos permite ayudarnos y ayudar a los demás" (Trungpa, C., 1986).


(2) Aceptar a otra persona.-

Si bien es a Carl Rogers a quien se identifica, en el ámbito de la psicología, con esta noción -con su concepto de "aceptación incondicional"-, Jesús sugirió un importante parámetro dos mil años antes: "Ama a los demás como a ti mismo". En general, la comprensión popular de esta frase ignora enteramente la segunda parte de la misma, la que a mi juicio es clave: "como a ti mismo". Eso significa, nuevamente, que si no hemos cumplido con el requisito de amarnos a nosotros mismos, nos será en verdad imposible hacerlo con otros. Por el contrario, cuando de verdad nos amamos -o aceptamos- nos será enteramente natural poder aceptar a otros.

En palabras de un místico contemporáneo (Lowe, P., 1996): "Cuando has logrado una profunda aceptación de ti mismo, dejas de enjuiciarte y te ves a ti mismo por lo que eres en cada instante. Cuando eso ocurre, comienzas a ver a los demás de igual forma, y ya dejas de juzgarles. Has mirado una y otra vez, y el juicio comienza a desaparecer. A medida que comienza a desaparecer para ti, comienza a desaparecer para con los demás. Si continúas con este proceso, la aceptación se transforma en otra cosa: amor. Comienzas a apreciar, comienzas a amar. Apenas eso ocurre en un nivel profundo en ti, ocurre también para con los demás".

Humberto Maturana (1990) acuña, por su lado, la idea del "legítimo otro": "...todas las formas de vida son en su constitución operacionalmente legítimas...", negándose a descalificar cualquiera de ellas en base a que son "biológica y trascendentalmente buenos o malos".

Es en verdad imposible aceptar un rasgo de alguien externo si no hemos aceptado eso en nosotros primero. Con cierto grado de auto-observación, pronto descubriremos que aquello que nos disgusta, incomoda o irrita "allá afuera" es lo que no aceptamos en nosotros mismos. Puede que algo nos produzca mayor o menor agrado, pero una fuerte reacción emocional indica casi con seguridad algún tipo de proyección. Esto no es enteramente lineal, pero puede que lo que vemos en otro nos haga cuestionarnos, nos muestre algún rasgo que inconscientemente reprimimos o simplemente nos muestre algo que nos desagrada ver en nosotros. Producto de esto, "A todos se nos ha dicho que estamos errados respecto a algo, que hacemos esto mal, que podríamos haber sido más esto o menos eso otro. Hay toda esta tensión, porque todo el que nos mira tiene un juicio respecto a cómo deberíamos ser" (Lowe, P., 1996). En realidad, quien nos juzga sólo está mostrando su dificultad para aceptarse a sí mismo.

Dado este clima generalizado, el potencial terapéutico que tiene el sentirnos realmente aceptados por otra persona es tremendo: "Si una persona se siente vista, realmente vista y aun así se siente amada por ti, ocurre una sanación, porque se describe un círculo: en ese preciso instante, ellos se aceptan a sí mismos a través de ti. Y luego tendrán que aprender a hacerlo por sí mismos. Pero, tan sólo por un instante, son vistos -desde todos los ángulos: su ira y esto y aquello, todas las facetas que no aceptan-. Son vistos y son amados. Ni siquiera te preocupes del amor. Son aceptados. Una verdadera aceptación. No una fachada; no porque soy tu madre y es por eso que tengo que interesarme por ti" (Lowe, P., 1996).


(3) La aceptación de una determinada realidad o situación.-

Imaginemos que nos sentimos enfermos, débiles, y que vamos al médico a consultar respecto a nuestro estado. Su diagnóstico resulta en una sugerencia de tomar reposo por un mes. Imaginemos que somos trabajólicos, que el funcionamiento de nuestra casa y el bienestar de otros depende de que trabajemos. ¿Cuál es la reacción común?: "No", "No quiero estar enfermo", "No puedo estar enfermo". Si esto es llevado al extremo, intentaremos desconocer el diagnóstico médico, negar la realidad, o bien buscar otro médico que nos diga lo que deseamos oír.

Aceptación de esa situación implica decir "sí" a ella -aunque no nos guste y aunque represente múltiples inconvenientes-: aceptar enteramente que ésa es la realidad. No me refiero aquí a que la persona se resigne o deprima, sintiendo "Qué mala suerte" o "Siempre me pasan estas cosas a mí" o reflexiones por el estilo. Me refiero a aceptar enteramente: "Vaya, qué inesperado. No tenía para nada pensado enfermarme y no sé cómo nos las vamos a arreglar con todo el trabajo que hay pendiente y con la situación económica... Pero bueno, ya veremos qué me trae este mes de reposo. Quizás sea una buena oportunidad para...".

La primera reacción implica un cierre, una contracción, un estrechamiento de mi percepción a nivel físico, emocional y mental. Esta contracción será mas marcada mientras más obvia sea la realidad que estoy negando. Estoy negando el hecho de que es una realidad: me resisto a la existencia o presencia de esa situación. La segunda posibilidad, en cambio, representa una apertura, una disposición, una expansión que da cabida a la novedad y a lo inesperado. En estos términos, aceptar la situación implicaría, simplemente, dejar de resistirnos a su obviedad, reconocer su existencia. Y no me refiero sólo a reconocer en un sentido intelectual, tan sólo como una idea. Significa darle cabida a esa situación -y a todos los sentimientos que me evoca, incluso la resistencia- en forma total y abierta, no sólo en mi cabeza, sino también en el resto de mi ser.

Paul Lowe (1996) define "problema" como "una realidad que no queremos aceptar"; del mismo modo, señala que "sufrimos cuando intentamos negar una realidad". Los orientales manejan la noción de "apego" para este caso: "Una forma de condicionamiento que las disciplinas orientales han examinado en detalle es el apego. El apego se relaciona estrechamente con el deseo, e implica que la no satisfacción del deseo produce dolor. El apego juega entonces un rol central en la generación del sufrimiento, y el dejar ir el apego es esencial para lograr el cese del dolor" (Walsh & Vaughan, 1980).

Cada uno de nosotros puede tener ejemplos concretos de situaciones en las que se ha opuesto a una realidad determinada, generando con seguridad una vivencia poco grata; en el caso contrario, toda aceptación de una realidad -aunque ésta no necesariamente nos agrade- genera relajación, tranquilidad y armonía interiores. El autor de este artículo vivió los dos polos en grado extremo cuando se vio afectado por una peritonitis, en 1981. La aceptación de la situación -y de todas sus implicancias- me hizo experimentar un grado de paz interior que pocas veces he vivido antes o después de ese episodio.

III.- Implicancias para la psicoterapia.-

Lo que en terapia podemos desear cambiar es todo aquello que mantenga las cosas atascadas, en statu quo. El statu quo es, para Fritz Perls (en Fagan & Shepherd, 1973), "...aferrarnos a la idea de que somos niños.( ) Somos infantiles porque tenemos miedo de asumir responsabilidades en el ahora. Asumir nuestro lugar en la historia, ser maduros, significa renunciar a la idea de que tenemos padres, de que tenemos que mostrarnos sumisos o rebeldes, o algunas de las otras variantes del rol de niños que representamos".

El tipo de cambio aludido por Perls implica básicamente el hacernos responsables de nuestra vida y de nosotros mismos, el asumir nuestra identidad única y dejar de buscar instrucciones o directrices en las figuras de autoridad que podamos escoger en el exterior. En general, vivimos en la creencia de ser víctimas de las circunstancias. Para mí, el descubrir que tenemos opciones y que en realidad escogemos libremente a cada instante nuestro curso de acción, nos otorga una nueva libertad y una nueva dimensión de la dignidad humana. Ya nadie es culpable o responsable por la vida que llevo, salvo yo mismo. Incluso aquellos eventos externos en los que aparentemente no tengo nada que decir, me dan el margen de libertad para que yo reaccione frente a ellos como desee. Son muchos los que, por temor, comodidad o inconsciencia no aceptan este grado de responsabilidad por sus vidas, y permanecen entonces en la situación infantil que describe Perls. La función de terapeutas y agentes de cambio es, sin embargo, ayudar a quien lo desee a tomar consciencia de su propia libertad y a incorporarla a su vida diaria.

En psicoterapia, la transformación no se considera posible si nos mantenemos dentro de los límites habituales de nuestros modos habituales de funcionar y percibir la realidad. Sí lo es si nos contactamos con niveles más profundos de nuestro ser -otros niveles de consciencia-. En este contacto, obtenemos una nueva perspectiva y nos reordenamos en función de esta nueva visión o comprensión. En esta perspectiva, los problemas -tal como los plantea el paciente desde su estado de confusión- no tienen solución. Lo que más bien hace desaparecer el problema es lograr que el paciente acceda a otro nivel de consciencia, allí donde ese problema no existe.

En primer lugar, si queremos que el paciente o cliente logre realmente aceptarse a sí mismo y reexaminar sus circunstancias desde esa nueva perspectiva, el terapeuta deberá estar capacitado para experimentar una auténtica y genuina aceptación por su ser, por su forma de sentir y ver las cosas; en síntesis, validarle como un "legítimo otro". Esto suele confundirse con "aprobación" -como ya vimos- pero es, más bien, una validación de su propia y única forma de existir como ser humano. Si el terapeuta lo acepta, su cliente capta, conscientemente o no, esa vibración de aceptación, y obtiene así un modelo externo de un proceso que puede realizar consigo mismo.

En la tradición Sufi hay una metáfora que ilustra el tipo de aceptación a que me refiero aquí. El amo de la casa es la consciencia, el ser interior; los sirvientes son los intereses mezquinos, los temores, los egoísmos -los estados de consciencia inferiores-. El terapeuta debe dirigirse al dueño de casa y exigirle que asuma el mando, a pesar de que puede aceptar de buena gana la presencia -pero no el predominio- de la servidumbre. En ese clima, terapeuta y cliente pueden examinar los mecanismos del último desde otra perspectiva. De este modo, hay una validación a lo que elija el cliente, pero no necesariamente se le sigue acompañando en el proceso si insiste en poner a la "servidumbre" al mando de la casa. Así entiende Hammer (1974) esta particular forma de aceptar al cliente: "Por tanto, la norma terapéutica consiste en siempre ayudar al paciente a unificarse con lo que él es experiencialmente de momento en momento, pero nunca alentarle a buscar un ideal compensatorio de quien él o ella cree que debería ser".

Muchos autores de esta corriente destacan la preparación personal que le es necesaria a un terapeuta para estos fines: "El estado de conciencia del terapeuta tiene un efecto profundo y de largo alcance sobre la relación terapéutica" (Vaughan, F., 1991). Stanislav Grof, por su parte, destaca: "Cuando los terapeutas no tienen experiencia directa en estos ámbitos, pueden involuntariamente invalidar la experiencia de su cliente" (cit. en Walsh & Vaughan, 1980). De este modo, lo que se requiere de un terapeuta para facilitar estos procesos es, ni más ni menos que un alto grado de honestidad consigo mismo y con su cliente, un nivel aceptable de autoconocimiento y de desidentificación con su propia neurosis, un grado importante de presencia en el momento y la situación de terapia -a diferencia de dejarse llevar por su mente-, un alto grado de aceptación de sí mismo y cierto grado de experiencia directa en relación a los estados elevados de consciencia.

Referencias Bibliográficas:

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2 comentarios:

David dijo...

Entiendo que no hayas querido recortar nada, ya que me ha absorbido la lectura por completo.
Quizás el punto III las implicaciones para la psicoterapia, haya sido el punto que menos me ha gustado de todo el articulo, aunque seguro que tambien pueda ser, que no lo he entendido aun lo suficientemente bien (soy muy novato en esto).

Saludos y continuo ahora con la iluminación... Tío, no paras....

Unknown dijo...

Les agradezco a los dos sus comentarios, sobre todo a Fran -me conmueve lo que dice-. Y cuando quieran comuníquense, a ver si aclaro tus dudas, David. Gracias por participar...
alejandrocelishiriart@gmail.com